Presentarme y enseñar mis paños emocionales es un acto de valentía. Te lo dice un cobarde de la pradera que se arriesga a ser juzgado, criticado o malinterpretado ―ya estamos con este «riesgo», que es burdo y es defensa de los pusilánimes―, y que asume la incertidumbre de cómo será recibido. Lo mismo, es ese silencio tan conocido por mí el que me responde.
Recuerdo aquel día de bruma y lluvia ferrolanas en la década de los 90 cuando, ante un auditorio repleto de 60 personas, hablé ―mejor, farfullé―, unas sinceras palabras de agradecimiento. Y me convertí en un ratón en ese gran momento. A todo el mundo le extrañó que me pusiera nervioso ante un público expectante y no ante 30 «miuras» de 16 o 17 años, que son inquietos, impulsivos y difíciles de encauzar entre el sujeto y el predicado.
En este mundo, donde todos parecemos saber quiénes somos, como si fuéramos el Gran Hermano del escritor británico George Orwell en su novela 1984, donde se presume, se exhibe, se oculta y se miente, repito, en este mundo presentarse tal y como uno es —sin maquillaje, sin escudos— es un acto de resistencia.
Desnudarme ante los demás, contar lo que me duele, lo que me pesa, lo que me falta, o me sobra, es una forma de dignidad. Porque quien se muestra sin miedo, o con miedo, pero aun así se muestra, está diciendo: «Aquí estoy. Este soy. Esto llevo dentro». Hay escritores que hicieron de sí mismos su principal personaje y fueron admirados y criticados por ello. Michel de Montaigne escribió: «Yo mismo soy la materia de mi libro».
Hablar de uno mismo no es debilidad. Es fuerza. Es literatura viva. Es el fracasado intento de llegarle a los tobillos a Unamuno. Es humanidad. Pero nunca debilidad. Debilidad es lo que sentía yo cuando en Filología llegaba a las 10 de la noche a casa, después de cinco horas de clase vespertinas. La cena que me preparaba mi generosa madre era un aperitivo. Casi sin abrir los ojos me tomaba las judías blancas que habían sobrado de la comida y que dormitaban en la nevera, animadas con un litro de leche gallega.
Hablar de uno mismo no es vergonzoso. Es una ceremonia casi impúdica si se desnudan aspectos demasiado íntimos. ¡Qué le importa a la gente si yo tengo un hallux valgas, juanete para el vulgo! Pero desnudarse es un acto de lucidez, una manera de poner nombre a lo que somos, a lo que fuimos, a lo que tememos ser. Es un espejo sin filtros, una confesión sin juez, una carta sin destinatario fijo. Hablar de uno mismo es, en realidad, escribir la propia memoria mientras aún se está vivo. Y… ¿Qué más te da, José María, si nadie comenta tus palabras, si nadie te interroga ni te cuestiona, por muy provocadora que sea la frase que hayas escrito? Recuerdo cuando les repartía un documento de varias hojas a mis alumnos de Literatura de 2º de bto y les decía, ante la nula lectura de mi audiencia al día siguiente, que lo mismo era un manual para preparar una bomba casera. Entonces, sí lo veían.
También es un riesgo. Porque quien se muestra, expone sus grietas. Pero quien no se muestra, desaparece por las alcantarillas del anonimato. Yo no quiero desaparecer. Ahí mi ego coletea y protesta. Yo quiero dejar huella, aunque sea pequeña, aunque sea solo en un lector. Yo quiero dejar huella en ti. En uno mismo. O dos. Tú y yo… Por eso, a ti, tú sabes muy bien quién eres, te agradezco, como cuando consigo salir del último desánimo emocional, todos los guasaps profundos y sinceros que me escribes.
Dicen que los que hablamos de nosotros mismos somos ególatras. Que nos miramos demasiado el ombligo. Que nos creemos el centro. Que nos falta humildad, que de tanto mirarnos a nosotros mismos, dejamos de reflejar el mundo. Nos dicen que vivimos en una cárcel cuyas paredes están cubiertas de retratos propios. Pero quien dice eso, casi siempre, es alguien que nunca se atrevió a poner el corazón encima de la mesa, porque hablar de uno mismo no es egolatría. Es exposición. Es riesgo. Es herida abierta. Es decir «esto soy, y no sé si está bien, pero es lo que hay». Es buscar sentido en el caos. Es intentar entenderse para poder seguir. El ególatra impone. El que se confiesa, comparte.
Hablar de uno mismo es también hablar de los demás. Porque en lo íntimo está lo universal. Porque el miedo que tú tienes, lo tengo yo. Porque la soledad que tú nombras, la vivimos todos. Porque el deseo de volver a tu tierra, de pertenecer, de ser leído, es común.
Así que, si hablas de ti, hablas de mí. Hablas de nosotros. Hablas de la condición humana. Y eso no es egolatría. Eso es literatura.
Hablar de uno mismo es también una forma de resistir. De decir: «No soy solo lo que hice, también soy lo que sentí mientras lo hacía». Es ponerle palabras al silencio. Es darle forma al miedo. Es, en definitiva, un acto de dignidad.
Soy un profesor de Lengua y Literatura Castellanas jubilado. Estuve 37 años en un magnífico colegio de Madrid llamado Jesús-María, en la calle Juan Bravo, enseñando como un Sócrates dialogante o un sabio Atenea.
El 30 de junio de 2025 me fui asumiendo, como un John Wayne en Centauros del desierto ―una de las mejores películas de vaqueros que se han rodado―, agotado y herido, pero con una resistencia sobrehumana ante la adversidad del alma malherida. Hoy, 8 de junio de 2026, como dice Enrique Urquijo en la sencilla, pero maravillosa canción Hoy la vi, «la nostalgia y la tristeza suelen coincidir». (https://www.youtube.com/watch?v=wg1PXONz_WU) Y no digo más.
Nací en Santiago de Compostela, y durante muchísimos años pasé los eternos veranos de entonces entre Bertamiráns y Vedra, como quien va y viene de un espacio verde que nunca se deja de pisar, aunque hoy ya haya salido para siempre del ámbito familiar. Vivo en Madrid desde siempre, pero mi alma es gallega, y eso no me lo puede quitar nadie, aunque se empeñen pequeños mostrencos en manipular mis sentimientos, que muy pocos conocen.
Tengo miedo a la vida. Miedo de no volver a sentir la humedad de la tierra en los pies, de la lluvia que me irrita, pero que adoro, de no escuchar el acento que me sosiega, aunque me dicen que ya no existe, de no ver aquel mar de la adolescencia en la playa de Las gaviotas de Porto do Son que me dejaba los tobillos helados y que me explica la inocencia y la vitalidad de los años previos a la mayoría de edad, de que me olviden porque ya nadie sepa que en un tiempo pasado yo zascandileé con mucho «esfuerzo y tino» en Bertamiráns y Vedra. Sólo tengo que observar mi sufrido brazo derecho, habitado por tornillos y placas.
Hoy en día, uno de mis máximos objetivos es reconstruir los años que viví en el Paseo de Santa María de la Cabeza nº 1, 5º derecha, entre mi nacimiento y los 17 años. Quizá con ese afán de volver a ser un niño como cantaban Los Secretos de Enrique Urquijo en el programa A tope de TVE en el año 1988. (https://www.youtube.com/watch?v=dvi59ynxyKk&list=RDdvi59ynxyKk&start_radio=1). Merece la pena escuchar la canción y ver el vídeo de la juventud.
Soy tímido, incongruente, porque me apasiona la soledad pero también me subyuga que se acuerden de mí, apocado, susceptible al éxito ajeno, creyente, «pensador irreproducible», «inocente» como un niño «mayor», casi asocial, pacífico, selectivo en mis conversaciones, desmemoriado como un pez rojo, simpático, demasiado protector con mi hermana, desordenado vital, corrector endemoniado, demasiado sincero con las imperfecciones mías, anecdótico, comprensivo con el fracaso de los demás, obsesionado con la limpieza corporal, añorante de un pasado que hoy considero feliz, nada aficionado a convites, reuniones y demás «saraos sociales», propenso a compararme con los demás y a rebajarme sin piedad ―heredo de mi madre la famosa frase de «soy la peor de la fiesta»―, lector empedernido, pero selectivo, exhibidor de un pronto muy fuerte, iatrofóbico (miedo a los médicos y a las pruebas médicas), estudiante de todo, solitario, muy crítico con mis textos, paciente en las explicaciones, vergonzoso, buena persona, discutidor descafeinado, asqueado con el sudor, generoso con los demás, amante de los pequeños y grandes placeres, mal observador de la realidad, perfecto proyecto del fracaso ―me dicen que así no conseguiré nada―, poseedor de un «complace» exasperante y fustigador, lector equidistante de temas gallegos, comprador compulsivo ―¡y así me va!―, receptor gratuito de consejos: no se puede vivir así, no se puede escribir así, tienes que cambiar, no se puede ser así y eterno prometedor de la escuálida frase «voy a cambiar». Sí, como le decías a tu padre, «tranquilo, que esta vez sí cambio».
Y yo callo. O escribo. Que es otra forma de hablar. ¿Y qué piensa la gente? Pues mira tú qué me preocupa… Que le den vueltas, que yo sigo a lo mío… Si me importa, no se nota, decía un buen gallego ya muerto. Aún estoy esperando un guasap que me diga, además de tu alocada descripción, eres imprevisible, huraño y algo falso, postizo y actuante de paripé.
Me gustan las conversaciones de pocas personas, el café sin espuma, la cerveza Estrella Galicia, el albariño, las patatas, el pan gallego, los grelos, el pulpo á feira, el caldo gallego, el jamón ibérico, el queso de tetilla, la tortilla de patatas y las avionetas.
Me gusta el olor a mar, la humedad de la tierra, aunque después no duerma por el frío. «Tú ya no puedes vivir en Galicia», me repiten. «Eres madrileño».
Y yo me niego. Porque no se puede desarraigar a quien tiene raíces en el corazón y en el alma. Mi sueño siempre ha sido, al jubilarme, retirarme con mi hermana a Galicia, a un pueblo, pero me temo que hay una gran oposición fraternal.
«Solo te lees a ti mismo», me dice la gente. Y yo contesto: «¿Y qué más da?». Porque si me leo, existo. Y si existo, ya es algo.
Pero hay otra voz en mí. La que me dice que soy un escritor frustrado, roto e «imperfecto». Que empecé mil veces un camino y que nunca tuve el pulso para soportar la soledad del papel. Que me falta valentía. Que soy culpable de haber destruido un sinfín de textos por ese canibalismo literario que me gobierna desde la tardoadolescencia. Que carezco de constancia, necesaria en todo escritor. Que me falta fe. Que me creo que el peor «juntapalabras del mundo mundial». Que soy blandengue como el blandiblup o el más apetitoso de los merengues. Que no sé resistir, día tras día, el silencio literario y alguien me dijo que me aprendiera de memoria la canción del Dúo Dinámico. (https://www.youtube.com/watch?v=K1rKj6XMt4Q). Que me falta algo que nadie sabe nombrar, pero que debo afrontar, y es esa voz que me dice que ya es tarde, que ya no, que ya no toca. Y lloro como una catarata todos los días, pero sin lágrimas.
Mi hermana y yo hemos cambiado de casa varias veces. Espero que esta sea la última, aunque… Fuimos reduciendo espacio, como quien se encoge para no molestar. Paralelo a esta pérdida de espacio, ha sido la liquidación de libros y de las mesas de trabajo que me aislaban para poder escribir. ¡Imbécil, no te escudes en eso! Hoy vivo en gran armonía con mi hermana, y la intimidad de los dos es un lujo que muy pocas veces podemos permitirnos. Quizá por errores propios. Quizá por miedo. Quizá por ese placer acomodaticio que me genera la zona de confort.
Y escribo este texto para que me conozcas. Para que me conozca yo también. Para que esa voz que me acompaña —la que me desafía, la que me muerde, la que me empuja y que ha participado con gran empeño en la elaboración de este texto— sepa que no está sola. Que somos dos. O más. Que escribimos juntos. Que vivimos juntos. Que, a pesar de todo, seguimos aquí. (A ti, que no te gusta nada que lo diga: he tardado en escribir este texto 4 horas y 37 minutos y lo he corregido 6 veces).